China tendría una tecnología capaz de inutilizar satélites sin disparar un solo misil

China situó en el centro del debate una tecnología antisatélite que no necesita misiles para inutilizar objetivos en órbita. Entre el desarrollo de una central solar espacial y un generador de microondas de alta potencia, el país dibuja un escenario que inquieta por su posible impacto sobre los satélites, según informa diario español El Confidencial y recoge UyPress.

La base de esa inquietud aparece en dos frentes distintos, pero conectados por la misma idea: usar la energía dirigida como herramienta estratégica. Por un lado, el científico chino Duan Baoyan, una de las figuras del proyecto espacial Zhuri, expuso en un artículo publicado en Scientia Sinica Informationis que el nuevo diseño debía servir también para tareas «como comunicación, navegación, reconocimiento, interferencia y control remoto».

Ese matiz es el que ha disparado las alarmas. Aunque la infraestructura fue concebida para transmitir energía desde órbita a la Tierra mediante microondas, la exigencia de haces «extremadamente estrechos» y dirigibles con gran precisión abre la puerta, al menos en teoría, a usos de guerra electrónica, como interferir señales o blindar comunicaciones militares.

Una amenaza sin explosión ni metralla

El segundo bloque de preocupación procede del Northwest Institute of Nuclear Technology, donde un equipo liderado por Wang Gang describió el sistema TPG1000Cs. Según ese trabajo, se trata de un generador compacto para un arma de microondas de alta potencia capaz de alcanzar pulsos de 20 gigavatios y sostenerlos durante hasta un minuto. La cifra importa porque, según los expertos, una salida superior a 1 gigavatio ya podría perturbar o dañar satélites en órbita baja. Si ese umbral se toma como referencia, el TPG1000Cs lo superaría con amplitud, lo que alimenta la hipótesis de que determinados sistemas orbitales, incluidos los de constelaciones de baja altitud, podrían quedar expuestos a un ataque sin explosión visible.

Frente a un misil antisatélite tradicional, esta vía tendría otra ventaja táctica: no generaría fragmentos. Es decir, no dejaría una nube de desechos espaciales capaz de amenazar otras misiones durante años o décadas. Además, esa ausencia de restos físicos complicaría la atribución inmediata del ataque, un factor que varios analistas consideran especialmente sensible en un eventual conflicto en el espacio.

Los límites reales de la tecnología

Ahora bien, entre la posibilidad técnica y la capacidad operativa media una distancia considerable. Alcanzar desde tierra un satélite que se desplaza a gran velocidad exige una antena muy direccional, capaz de mantener el haz fijado sobre un blanco móvil durante una ventana de tiempo muy corta. A eso se suma la dispersión atmosférica, que reduce la potencia efectiva a largas distancias.

Por eso, más que una prueba definitiva de un arma desplegada, lo que muestran estas revelaciones es la dirección que está tomando una parte de la investigación china en energía dirigida y tecnología espacial. Pekín no habla de un misil que destruya satélites, sino de sistemas que podrían cegarlos, interferirlos o degradar su electrónica. Y precisamente esa ambigüedad convierte esta capacidad en una de las más delicadas del nuevo pulso estratégico en órbita.

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